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El nacionalismo sindical asusta a la inversión en el País Vasco

La marcha de Tubacex a Cantabria por la conflictividad laboral enciende las alarmas

El nacionalismo sindical asusta a la inversión en el País Vasco abc

itziar reyero

El País Vasco se halla hoy en una nueva encrucijada. Después de que sus empresarios hayan soportado y hecho frente al chantaje terrorista durante cincuenta años manteniendo a pesar de todo una estructura industrial fuerte y pegada al territorio, y cuando todos auguraban un nuevo tiempo de oxígeno inversor por el cese de ETA , el colectivo vasco tiene ante sí un escollo que crea incertidumbre y ahuyenta la inversión. Al margen de las complicaciones generales de la crisis económica, la industria local exhibe, en palabras de la patronal Confebask, un «factor diferencial» identificado en un sindicalismo nacionalista «intransigente» que se autoerige en «contrapoder» convocando «huelgas políticas» con un único objetivo: lograr un «marco propio para Euskal Herria».

En el sinuoso laberinto sindical vasco, las centrales se dividen entre UGT y CC.OO -de ámbito nacional y minoritarias en Euskadi- y las nacionalistas LAB y ELA , mayoritarias. Este bloque mantiene posiciones maximalistas,imposibilitando todo acuerdo social. Sirva el dato que ofrece el presidente de la patronal alavesa, SEA: «ELA y LAB llevan hasta 17 años sin suscribir un solo convenio», asegura Pascal Gómez en denuncia de una actitud que su homólogo en Vizcaya ha llegado a calificar de «trotskista».

Un tercio de huelgas vascas

La reforma laboral del Gobierno del PP ha tensado al máximo las relaciones laborales en el País Vasco, donde la conflictividad social ha aumentado de forma drástica, muy por encima de la media nacional. Hay un dato elocuente que emborrona la imagen de alta productividad del sector vasco: en el primer semestre de 2013, un tercio de todas las huelgas en España se dieron en Euskadi: 239 de los 666 paros convocados en todo el país.

La preocupación ante esta guerra sindical es generalizada , especialmente en las organizaciones empresariales y el Gobierno del PNV, que reconocen que la «intransigencia» laboral asusta a la inversión, aunque nadie habla todavía de una tendencia a la deslocalización. «Sería trasladar una imagen falsa», defienden en el Departamento de Industria. Pero el reciente anuncio de Tubacex de que llevará su próxima inversión (100 millones de euros en una nueva planta) de Álava a Cantabria ha hecho saltar las alarmas. Y el diagnóstico es común: el País Vasco está perdiendo «atractivo» para la inversión industrial , algo que reconocen en el propio Ejecutivo de Vitoria por más que traten de limitar el impacto del traslado de Tubacex, asegurando que apenas supone un 0,5 por ciento del empleo que mantiene en Álava. Las patronales vascas comparten el diagnóstico enunciado por el presidente de Tubacex en un foro empresarial celebrado hace varios días al razonar su marcha a Cantabria.

Álvaro Videgain se refirió a los altos costes laborales (no solo salariales, también energéticos), que soportan las empresas en Euskadi. En concretó, esgrimió que mantener un trabajador en Llodio (Álava) le cuesta un 15 por ciento y un 35 por ciento más que el de sus plantas en Austria y Estados Unidos, respectivamente. Pero es que, añadió, si en su fábrica alavesa se trabajan 1.656 horas al año, en Austria, 1.752 y en EEUU, 1.880. Mirando al interior, según datos del INE , el coste laboral total por trabajado en el conjunto de España es de 2.583,24 euros, frente a los 2.957,24 euros en el País Vasco, la segunda más alta tras Madrid (3.020,03). En definitiva, el «cóctel» -salarios más altos, jornadas más cortas y mayor conflictividad- pone en riesgo la inversión industrial en suelo vasco.

«El factor ELA»

El Gobierno del PNV defiende mantener los «elevados» niveles salariales porque la competitividad, dice, debe salir de la innovación. Los empresarios en cambio creen que «a duras penas» se contiene el histórico potencial industrial vasco viviendo de las rentas y constatan que la única vía es la «flexibilidad». Un concepto al que ELA, la central mayoritaria con 105.000 afiliados y el 39,6 por ciento de representación sindical, se cierra en banda. «El factor ELA es un problema real. Su política extrema de confrontación la sufren las empresas y los trabajadores», denuncia Eduardo Aretxaga, de Confebask, que lanza un aldabonazo preocupante: «Su radicalismo no ayuda a la inversión en el País Vasco».

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